Simbolos de invierno
Símbolos de Invierno
Eduardo Gallardo Lara
Estoy cansado de mí. A veces, guías mis ojos hacia tu bondad; pero hay un rincón en mi conciencia que me ciega. Me arrastra hacia una negrura total, donde tu luz se vuelve invisible.
A pesar de esta fatal enfermedad, últimamente me siento cercano a ti. Hay veces que siento tu paz en el soplar que hace danzar hojas a mi alrededor; en la hormiga que apareció en el dorso de mi mano y se tiró al vacío (¿a cuantos pisos equivale esa caída?); al abrazar a mi amante mientras duerme; al oler su pelo; al ver su sonrisa; al caminar de noche por la alameda; cuando suena Silvio en un bar; al acariciar una taza de té caliente; al contemplar la ciudad y sus marchantes; al calar un cigarrillo en tranquilidad; al sorbetear una Arizona Fruit Punch.
Esa cercanía me seca los labios y aparezco en mi tierra, aquella que está plagada de símbolos tuyos. En su suelo infértil me plantaste y crecí a gotas de una esperanza que desconocía.
“Un cactus elegante, arropado en espinas que suplican una caricia, yace en tu jardín. “
Nunca entendí la periodicidad de su riego, aunque memoricé cada mancha de sol en tu regadera celeste. Ella me superaba en años, como todo en tu poder. Bajo esa lógica, nací el mismo año que plantaste tu palmera, ella fue espejo, y yo reflejo de su crecimiento inhóspito. Hoy son sus raíces las que sostienen la casa que habita tu viuda.
Mi inocencia está marcada en las mismas calles que recorriste: en la plaza y su cañón yacen vestigios de mi eterna espera; en los nichos de caleta boy se inmortalizó el acto de escapismo de mi primer amor; en la playa artificial floté desnudo mirando un cielo estrellado; en el cerro de la cruz sangré y reí con aquel amigo que nunca entendiste; en tu mercado lúgubre mataba el tiempo con soldaditos de plástico mientras peinaban a mi madre; en tus playas secretas me imagino tirándome esos piqueros que nunca logré concretar; en los roquerios aún siento la lienza marcando mi índice.
En una roca contigua al túnel que marcaba la vuelta a casa te anunciaban con tiza y tres palabras:
DIOS ESTA AQUÍ.
En uno de esos viajes te sentí, estabas allí, eras la luz que marcaba el final del camino.
Hoy me encierra una cordillera nevada y no recuerdo como sonaba tu mar. Sigo llorando al cactus elegante que olvidé como regar. Aún busco palmeras desclasadas, pero ninguna tiene mi edad ni sostienen un amor eterno.
En ocasiones sonrío levemente al pensar en las nuevas manchas que suma tu regadera. En otras entro en llanto porque sigues sin entender a mi amigo.
Estoy seguro de que en esta urbe que me acogió me rodean túneles, más ninguno te anuncia con aquel misticismo desértico.
Aquí, en suelo fértil, en donde todo crece, me acostumbré al cemento pintado; a las noches amistadas de melancolía; a una soledad que proclama que no volveré a ver tu luz. A una resignación: el amor se fue con sus cenizas.
Hoy, por tercer domingo consecutivo, Santiago me despierta con un goteo sutil que decide descansar en las calaminas de mis vecinos. En él encuentro un ritmo conocido que causa un tiritar en mi índice. La ventana se abre y mi rostro recibe un beso de añoranza. Mi nuevo amor me llama y salgo a caminar por calles que aún me resultan extrañas. La lluvia me sigue besando y juntos encontramos a las hojas voladoras y a las hormigas suicidas. En mi mente solo esta su sonrisa.
Se rumorea que fue la esencia de su cabello la culpable de incitar la rebelión. Se comenta que fueron sus faroles los me que guiaron hacia la cordillera nevada. Se teoriza que un hombre vio a la nieve deformarse y anunciar entre las rocas:
DIOS ESTA AQUÍ.
Después de una ardua investigación, se tiene la certeza que en las comunas que deslindan con la cordillera santiaguina yace una variación del cactus elegante, esta vez con una flor morada en su pecho.
Respecto a esto no hay prueba alguna.
Pero el cactus y la flor tienen fe:
Cada domingo santiaguino, ellos lloraran.
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